El asesinato de Rodriguez Porth, de Roberto Poma y otros secuestros, y desaparecimientos tambien fueron importantes, porque era vidas humanas.
Lean
y saquen sus conclusiones el autor de este informe de quienes mataron a Romero fue mi profesor en el colegio que lujo tener a un monseñor como Fredy
delgado años después de este reporte murió en un misterioso
accidente de transito y hasta hace dos meses este documento estaba en internet
pero de repente fue invisibilizado lean y recuerden los perros abren los ojos a
los 7 días los pendejos NUNCA.
"La verdad sobre
Mons. Oscar Arnulfo Romero"
Este
informe reservado de Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia
Episcopal de El Salvador ilustra el tipo de revolución marxista-eclesiástica
aplicado en Cuba, Nicaragua, Guatemala, México y en este caso en San
Salvador...
Por:
Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador |
Fuente: Conferencia Episcopal de El Salvador
En
vista de que monseñor Luis Chávez y González y monseñor Arturo Rivera Damas
fueron marginados por el Grupo de Reflexión Pastoral y por los nuevos jesuitas,
estos se dedicaron a buscar al futuro arzobispo de San Salvador. Monseñor
Chávez iba a dimitir dentro de poco tiempo al cumplir los 75 años de edad. El
candidato de ellos era monseñor Oscar Arnulfo Romero.
Se inicio una campaña de desprestigio contra obispos candidatos a la sucesión y
otra campaña de desprestigio contra el Gobierno. Al frente de esta campaña
estuvieron los padres César Jerez y Francisco Estrada, en Europa; el Dr. Oqueli
Colindres, Rubén Zamora y Jorge Cáceres Prendes. Fue desplazado de Argentina el
ex-sacerdote José Miguel Bonino, teólogo de la liberación y más tarde
presidente del Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra, Suiza, para que
viniese a manejar este asunto. Bonino se inscribió como estudiante en la UCA y
llegó a ser director del Instituto de Turismo (ISTU) dedicándose de lleno a
buscar al sucesor de monseñor Luis Chávez en el arzobispado de San Salvador.
Bonino escogió a monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdames.
Con
él, no se volvería atrás en la “línea de pastoral encarnada en el pueblo”, les
permitiría instrumentalizar de lleno a la Iglesia y evitar todo enfrentamiento
con la misma. La Iglesia católica era un instrumento de poder que debería
colaborar a la causa de la revolución comunista. Después de ser elegido monseñor
Romero, Bonino abandonó el país expresando, antes de partir, lo siguiente:
“Gracias a Dios ya nos han dado un arzobispo que se convierta inmediatamente:
monseñor Oscar Arnulfo Romero”. No sonaba como verdadera esa afirmación para
quien conocía la personalidad de monseñor Romero y sus contínuas denuncias
contra el compromiso político de monseñor Luis Chávez y monseñor Rivera Damas
por apoyar a ciertos sacerdotes cuyas actitudes no eran muy claras. Sin embargo
Bonino dijo: “Tenemos un arzobispo manejable”.
El
8 de febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador monseñor Oscar
Arnulfo Romero Galdames, hasta ese momento obispo de Santiago de María. El 22
de febrero tomó posesión del arzobispado. La ceremonia se realizó en la iglesia
de San José de la Montaña porque la iglesia catedral fue ocupada por el “Grupo
de Reflexión Pastoral” para impedir que el arzobispo tomase posesión de la
misma.
Del
día 24 al 28 de febrero de 1977 monseñor Romero se encerró con un grupo de
sacerdotes en el Seminario San José de la Montaña. Fue aislado por completo, no
se le permitió que se le hablase. Para ello se puso una religiosa en la
posteria del Seminario. Entre los sacerdotes que le practicaron durante esos
días un psicoanálisis, como lo afirma el padre Placido Erdozain en su opúsculo
“Monseñor Romero, mártir de la Iglesia Popular” se encontraban Inocencio Alas,
Astor Ruíz, Fabián Amaya, Rutilio Sánchez y Alfonso Navarro. Durante esos días
le analizaron la situación nacional vista a través del análisis marxista.
Descubrieron
el fallo psicológico y personal de monseñor Romero. Los sacerdotes del “Grupo”
se ofrecieron como grupo de apoyo en el gobierno pastoral de la arquidiócesis.
El primero de marzo de ese año declaró monseñor Romero que su línea pastoral
sería la de Medellín y que se solidarizaba con la línea pastoral del Grupo de
sacerdotes que, en esa línea, realizaba una pastoral “liberadora”, no obstante
que ese grupo le impidió tomar posesión de la arquidiócesis en la catedral.
Hasta
se momento monseñor Romero siempre se había manifestado en contra de la línea
pastoral de Medellín. Declaro igualmente que no tendría ninguna relación con el
Gobierno en protesta por la masacre acaecida a las 10:30 de la noche del día
anterior, 28 de febrero. En esa ocasión aparecieron las Ligas Populares 28 de
febrero (LP-28), grupo armado comunista. Ese mismo día salió el primer Boletín
de la Oficina de Prensa del arzobispado de San Salvador.
El
día 12 de marzo de ese mismo año a las 17:30 de la tarde fue asesinado el P.
Rutilio Grande, párroco de Aguilares, con sus dos acompañantes, Manuel
Solórzano de 62 años de edad y Nelson Rutilio Lemus de 15 años. En la misa de
sepelio del padre Rutilio Grande, a la cual asistió todo el episcopado y ante
la sorpresa y estupor de todos los obispos, monseñor Romero afirmó en la
homilía fúnebre que apoyaba la línea de acción pastoral del padre Grande como
la línea de la auténtica pastoral de la Iglesia El domingo 20 de marzo decretó
monseñor Romero la suspensión de la celebración de la misa en todas las
iglesias y capellanías de la arquidiócesis y convocó a una misa única en la
catedral contra el sentir de la Nunciatura”.
En
su última etapa, el padre Rutilio Grande se había enfrentado con los sacerdotes
marxistas que se entrometían en su parroquia para adoctrinar a los campesinos
en el marxismo-leninismo. Ya no era un colaborador útil y además pidió
insistentemente al padre provincial Estrada, el traslado porque se sentía muy
incómodo, es decir, muy amenazado, en Aguilares. El luto decidido por monseñor
Romero, influido por los sacerdotes revolucionarios, parecía indicar que el
padre Grande había sido asesinado por los anticomunistas. Pero ya había dejado
de ser útil a los revolucionarios y creo sinceramente que por ahí habría que
buscar la razón de su muerte.
“Los
padres revolucionarios comenzaron a trabajar febrilmente en el arzobispado
después de la toma de posesión del mismo por monseñor Romero, algo inaudito y
nunca visto hasta ese momento en el país. Con frecuencia se veía en las
oficinas del arzobispado a los jesuitas Francisco Estrada, Ignacio Ellacuría,
Isidro Pérez Stein y otros más. El padre Rafael Moreno, doctor en marxismo, era
el jefe de relaciones públicas del arzobispado. El Magisterio paralelo manejaba
también todas las informaciones del arzobispado, la radio YSAX estuvo en manos
del padre Angel María Pedrosa. Algunos hablan incluso de un verdadero lavado de
cerebro al obispo por parte de los sacerdotes marxistas.
A
La pregunta que se le hiciera a uno de ellos, ¿por qué los sacerdotes revolucionarios
colaboraban tan activamente en el arzobispado de San Salvador? Aquel contestó:
“acuerpando a este pobre hombre que no sabe qué hacer con esta diócesis en un
momento tan difícil, y viendo qué es lo que la UCA puede hacer por el
arzobispado”. Según el mismo entrevistado, monseñor Romero Estaba guiado por el
equipo pesado de estos sacerdotes y por la inteligencia de la UCA.
Varias
personas invitaron a monseñor Romero a su casa para ayudarle a reflexionar
sobre la posibilidad de evitar que le usasen a él como instrumento para sus
propios objetivos ya que algunos hechos lo demostraron así. Al principio
monseñor Romero se mostró agradecido e interesado en dicha ayuda. Pero alguien
se propuso apartarlo de dichas reuniones mensuales.
El
padre belga Pedro Declercq reunió en su Colonia Zacamil a varias exreligiosas
que dejaron o fueron expulsadas de sus Congregaciones respetivas por diferentes
motivos, a las cuales se añadieron algunas señoritas activistas de la
revolución comunista y así fundó una nueva congregación de religiosas. Así
nació la Congregación de Monjas de la Iglesia Popular, de la “Nueva Iglesia”.
Estas religiosas, con cruz de madera al pecho, aparecieron en varias oficinas
del arzobispado. Una de ellas fue la secretaria privada de monseñor Romero,
otra la encargada del archivo del arzobispado.
El
“triunfalismo” que se había criticado y combatido meses antes en el trabajo
pastoral de la Iglesia, renació ahora en torno a la persona de monseñor Oscar
Arnulfo Romero, en quien el Grupo de Reflexión Pastoral o la Iglesia Popular,
como se le llamó después, encontró la coyuntura propia para una verdadera
instrumentalización de la Iglesia católica para la causa comunista. La Iglesia
Popular acorraló a monseñor Romero prestándole orientación, asesoramiento y
ejecución en la acción pastoral.
Lo
encumbraron ante la opinión pública para ganarse las masas por medio de lo
religioso; después lo hicieron caer de su pedestal para quedarse con las masas
trabajadas por monseñor Romero. Para mover las masas la revolución necesita de
un mito. Monseñor Romero fue elegido para ello. El Grupo conocía muy bien que
la popularidad o la publicidad era un punto débil en la personalidad de
monseñor Romero y la explotó a favor de la causa comunista.
En
una ocasión monseñor Ricardo Urioste entrevisto a monseñor Romero por la radio
católica YSAX y le preguntó qué decía de algunas personas que se quejaban por
los aplausos durante la misa que se celebraba los domingos en la catedral.
Monseñor Romero explicó que el aplauso era una manera también de orar, porque
en la gente la oración tiene muchas formas de manifestarse; una de ellas puede
ser el aplauso. Cuando esos aplausos se dan en las homilías pueden ser un amén
a la voz del profeta.
El
14 de febrero de 1978 se le otorgó a monseñor Romero el doctorado honoris causa
de parte de la Universidad de Georgetown en los Estados Unidos. El 7 de
diciembre de 1978 monseñor Romero fue propuesto como candidato para el premio
Nobel de la paz por 118 miembros del parlamento británico. Más tarde la universidad
de Lovaina. Bélgica, le otorgó el doctorado honoris causa.
Un
grupo de militares lograron involucrar a Mons. Romero en el proyecto de golpe
de Estado porque no les convenía tener en su contra al arzobispo de San
Salvador. El 15 de octubre de 1979 se produjo el golpe de Estado. El gobierno
del general Romero había perdido su prestigio y autoridad. Se instaló una junta
revolucionaria de gobierno formada por dos militares que declararon que la
Junta se completaría con la incorporación de tres civiles que fueron escogidos
por el Ejército e incorporados tres días después.
El
25 de octubre de 1979 el BPR (Bloque Popular Revolucionario) y las LP-28,
grupos marxistas-leninistas, declararon traidor al arzobispo (esto se produjo
cuando advirtieron que los militares, a quienes había apoyado monseñor Romero,
empezaban a librarse de infiltrados marxistas-leninistas) Un grupo de
religiosas le interpeló reprochándole su traición y declarando que ellas se
seguirían firmes en la lucha al lado del BPR El mismo día la agencia noticiosa
ACAN-EFE denunció a los sacerdotes revolucionarios como autores intelectuales
del golpe de Estado.
Al
hacer un análisis del Gabinete de Gobierno, se constató que en su mayoría
estaba formado por elementos de la Universidad Centroamericana José Simeón
Cañas (UCA) dirigida por sacerdotes disidentes. Al día siguiente el arzobispo
Romero emplazó a la junta revolucionaria para que diera cuenta de los reos
políticos y de los “desaparecidos” reclamados por los grupos
marxistas-leninistas. En la homilía de las misas dominicales que celebró en la
catedral durante el mes de diciembre de ese mismo año, trató de recuperar las
simpatías de los grupos comunistas. Ambos grupos, el BPR y las LP-28 rechazaron
por dos veces la mediación que les ofreció monseñor Romero.
A
mediodía del 19 de diciembre de 1979 las Ligas Populares 28 de Febrero tomaron
el edificio del Seminario San José de la Montaña donde se encontraban las
oficinas de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) y del arzobispado.
Tomaron como rehenes al secretario de la curia de San Salvador, padre Mariano
Brito, al secretario adjunto, padre Rafael Urrutia, y a dos secretarias del
arzobispado. El arzobispo estaba ausente, librándose así de quedar como rehén.
Pero los ocupantes reclamaban su presencia para que mediase ante la Junta para
la liberación de algunos miembros de las LP-28 que fueron capturados durante el
desalojo de varias empresas y propiedades agrícolas que ellos habían tomado
días atrás. En una ocasión salieron del seminario el obispo presidente de la
Conferencia Episcopal, monseñor José Eduardo Alvarez, quien estaba en su
oficina, el secretario y la secretaria. El objetivo de las LP-28 era el
arzobispo Romero” .
Un
desenlace inesperado
“El
Papa Pablo VI llamó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero a Roma para enterarse de
primera fuente de la labor pastoral del arzobispo y darle las recomendaciones e
indicaciones del caso para evitar males posteriores. Después de la muerte de
Juan Pablo I, Juan Pablo II llamó también a Roma al arzobispo.
El
domingo siguiente a su regreso de Roma señaló las injusticias y desmanes de los
grupos marxistas-leninistas. La respuesta, al interior del arzobispado, fue
inmediata. Al día siguiente, lunes, los sacerdotes de la Iglesia Popular y las
religiosas de la “Nueva Iglesia” que trabajaban en las oficinas del
arzobispado, en el edificio del seminario San José de la Montaña, abandonaron
sus despachos en señal de protesta. Mons. Romero confesó el hecho en la homilía
del siguiente domingo en la catedral: “Me han dejado solo”.
Monseñor
Romero había traicionado a los grupos comunistas y a la causa
marxista-leninista. Esto significaba, en la disciplina comunista, pena de
muerte. Monseñor Romero quiso congraciarse con los grupos comunistas volviendo,
en la homilía de los domingos subsiguientes, al sistema de denuncia en contra
del Gobierno, haciendo caso omiso de las injusticias comentadas por los grupos
comunistas o señalándolas de forma paliativa. El personal del arzobispado que
abandonó sus oficinas volvió de nuevo a sus puestos de trabajo. Las relaciones
entre los grupos marxistas-leninistas, FPL (Frente Popular de Liberación)
LP-28, ERP, FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) con el arzobispo se hicieron,
ante estos vaivenes, cada vez más tirantes.
El
mes de febrero de 1980 Mons. Romero escribió una carta al presidente del
secretariado del Episcopado de América Central (SEDAD) pidiéndole que publicara
un documento de apoyo para su persona, porque había caído en una situación
difícil de la que él no podía salir. El servicio de Inteligencia del Gobierno
(ANSESAL) le había hecho saber que tenía conocimiento del peligro que corría su
vida. En la homilía dominical del 23 de marzo de 1980 invitó y ordenó a los
soldados y agentes de seguridad que no obedecieran la orden de combatir al
pedirles y exigirles no matar más hermanos salvadoreños.
El
24 de marzo de 1980 por la mañana Mons. Romero se reunió en el mar con tres
sacerdotes de su arquidiócesis que no estaban de acuerdo con la ”pastoral de
liberación” de la arquidiócesis durante un retiro del clero. Mons. Romero se
sinceró con esos sacerdotes y éstos le sugirieron que se apartara de esa línea
de acción pastoral. Esa misma tarde del 24 de marzo, a las 17:40, mientras
celebraba una misa en el Hospital de la Providencia, fue asesinado de un tiro
de fusil de 25 milímetros envenenado, que le pasó cerca del corazón y le rompió
las principales arterias, originándole una mortal hemorragia. A esa misma hora,
en forma sincronizada, estallaron bombas a todo lo largo del país. Mientras
tanto en la Universidad Nacional, que en ese entonces era el cuartel general de
las agrupaciones comunistas y ocupaban cada una de ellas un edificio distinto,
el ERP y las LP-28 recriminaron desde los altavoces a las Fuerzas Populares de
Liberación por haber asesinado a Mons. Oscar Arnulfo Romero, Esa reacción fue
inmediatamente controlada.
La
conferencia Episcopal quiso celebrar un funeral por monseñor Romero en la
iglesia basílica del Sagrado Corazón en donde las FPL se habían adueñado del
cuerpo de monseñor Romero. La víspera del funeral, miércoles 26 de marzo,
monseñor Ricardo Urioste, elegido vicario capitular de la arquidiócesis,
disuadió a los señores obispos de que celebrasen el funeral, alegando que él
sabía que los comunistas iban a tomar en rehenes a todos los obispos y al
nuncio apostólico para presionar al Gobierno para que capturase y castigase a
los asesinos de monseñor Romero.
La
catedral estaba esos días ocupada por los guerrilleros comunistas y por
sacerdotes de la Iglesia Popular. Sobre el frontispicio de la catedral
colocaron una manta en la que escribieron que rechazaban la presencia de los
obispos salvadoreños Aparicio, Alvarez, Revelo y el secretario de la
Conferencia Episcopal, Freddy Delgado, en los funerales que se celebrarían,
frente a la catedral, el día 30 de marzo, domingo de Ramos de ese año. A la
hora de la homilía de la misa del funeral, los grupos comunistas hicieron
estallar bombas en los contornos de la plaza Gerardo Barrios enfrente a la
catedral en donde la multitudes había reunido para el funeral de Mons. Romero.
Muchas
personas resultaron muertas, heridas y golpeadas. Los comunistas disparaban al
aire y sobre la multitud para aterrorizarla. El ministro de Relaciones
Exteriores de Nicaragua, padre D´Escoto, que concelebraba la misa junto con los
otros sacerdotes, pedía por radio desde la catedral al Presidente José Napoleón
Duarte que ordenase a las tanquetas militares alejarse del lugar de la
tragedia. El Presidente le respondió que no había tanquetas y que las fuerzas
de Seguridad se hallaban acuarteladas. Así fue en realidad. Las FPL, LP-28,
ERP, FARN-RN calcularon mal, porque la inteligencia de la Fuerza Armada
descubrió el plan que tenían entre manos de culpar al Gobierno de tan tremenda
tragedia y ordenó al Ejército y a los Cuerpos de Seguridad que permaneciesen en
sus cuarteles. El cardenal de México, Ernesto Corripio y Ahumada, envido por el
Papa par presidir el funeral, salió ileso.
De
El Salvador no asistieron por motivos de amenazas de muerte los obispos Pedro
Arnoldo Aparicio, José Alvarez, Marco Revelo. Mons. Oscar Arnulfo Romero fue
más útil muerto que vivo para los grupos guerrilleros comunistas que lo
convirtieron en un mito. Los dominicales de monseñor Romero que fueron
elaboradas en su parte teológica o doctrinal por el jesuita Jon Sobrino y Jesús
Delgado, y en su parte política por los jesuitas Ignacio Ellacuría y De
Sebastián, todos de la UCA. Se repitió por la radio y se publicó a profusión
durante una buena temporada la parte de la homilía de monseñor Romero que dijo
en la víspera de su asesinato, domingo 23 de marzo, en la que incitaba a los
soldados y tropas a la rebelión, para que no obedeciesen a sus superiores
negándose a matar al enemigo, la guerrilla comunista.
Aparecieron
después nuevas organizaciones de apoyo de los grupos combatientes comunistas
con el nombre de monseñor Oscar Arnulfo Romero; se escribieron poemas, se
compusieron canciones alusivas al “obispo mártir de la Iglesia Popular” como lo
calificó más de algún miembro de la Iglesia Popular, y que invitaban a la lucha
a favor de la causa comunista. El Papa Juan Pablo II en su visita a El Salvador
pidió que se respetara la memoria de monseñor Romero”.
Hasta
aquí la parte esencial del informe de monseñor Freddy Delgado. El estaba junto
al volcán cuando sucedieron estos hechos, y escribió este informe como secretario
de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Al final, el homicidio convino
mucho más a los grupos subversivos y a los sacerdotes disidentes que al
Gobierno.
Pero
en todo caso se trató, según todos los indicios, de un asesinato político y no
de un martirio.